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domingo, 29 de enero de 2006

Javier Herrero en la Galería Ob-Art (Barcelona)

Lo primero que sorprende de Javier Herrero es la sencillez de su iconografía. Su tema es el hombre, la mujer, la casa, el árbol, a veces la técnica (primitiva: la rueda, la palanca). Esos hombres y mujeres no tienen brazos. No es que se los hayan cortado sino que constitucionalmente no los tienen. Son, por tanto, incapaces de manipular y aquí se inicia la metáfora.

El hombre o la pareja reciben mansamente los frutos de la naturaleza, sin manipularla, sin forzarla, prácticamente sin pedírselos. Es una naturaleza “natural” (ni cultivada ni alterada: primigenia, feraz, ubérrima) que se simboliza en el árbol. La historia del dominio del medio por el animal humano es la historia de la manipulación. La inteligencia (el desarrollo del cerebro) nació con el desarrollo de unas manos capaces de intervenir en el entorno con gran eficacia, liberadas a su vez por un cambio de posición fortuito. El lenguaje (para nada inocente) lo desvela impúdicamente cuando habla de manipular: no se refiere a las cosas sino a las inteligencias, a las voluntades.

 


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